Me llamo estilo

Uno 

Desacelera la velocidad de su lengua y entona las palabras con una pausada dicción que pretende distanciar sus cuentos de los míos: «tratan de una búsqueda con el lenguaje»; tiene veintisiete años, nació en una ciudad fronteriza y unos tres meses atrás la editorial que publicó mi primer libro de cuentos hizo lo mismo con los suyos. Desde que llegamos al bar lo vi, estaba solo en la barra, como esperando a alguien; O eligió lugar cerca de la única ventana, platicamos, bebimos cervezas. Media hora después él se acercó, me extendió el saludo, le dio un beso a la mejilla de O y se sentó. Al principio nos quejamos de «nuestra editorial», de sus mecanismos de distribución, de las bajas ventas, de las pocas reseñas. La música del bar fue subiendo de volumen impidiéndonos hablar, tuvimos que levantarnos, salir a una terraza. Aunque intenté quedar junto a O la colocación de la mesa y de las sillas hizo que él quedara más cerca, entonces ya sólo dirigió sus palabras a los oídos de ella, le dijo que lo importante era trabajar con el lenguaje, que se sentía heredero de la «prosa poética» de Daniel Sada; me quedé callado, esperando que llegara algún mesero. Minutos después tuve que levantarme, ir a la barra por tres cervezas. De regreso, mientras apoyaba los envases en la mesa escuché cómo él le decía: «Literatura de la imaginación» y comenzaba a citar a Chimal. No soporté, más que decir eructé: «Literatura de izquierda». Él abrió las cuencas de los párpados lo más que pudo y me respondió: «ya lo leí, es más por eso acabo de ganar una beca a Francia, me voy tres meses a terminar mi segundo libro, estoy celebrando». O salvó la noche: «me siento cansada, ya no soporto el humo del cigarro, vámonos», dijo y se despidió sin darle beso en la mejilla. Antes de levantarme le pregunté si había leído alguno de los libros que recomendaba Tabarovsky, me respondió: «apenas le ando entrando a la literatura argentina… contemporánea, claro». De regreso a casa intenté dormir. No pude. Releí el primer ensayo de Literatura de Izquierda y el primer capítulo de la novela Autobiografía médica, los dos libros que había conseguido de Tabarovsky; unos días atrás había comprado en internet Una belleza vulgar pero el correo todavía no hacía llegar la novela a mis manos.

Dos

No tuve elección, mi padre me inscribió al primer taller literario al que fui; yo tenía quince años, acababa de reprobar por segunda vez segundo de secundaria, como intento de solución me había llevado a vivir a su departamento. Arrancó el ciclo escolar y mi padre entró a mi recámara con el recibo de la inscripción a un curso de la Escuela de Escritores en la mano, lo colocó sobre el escritorio, debajo de una libreta negra con pastas de piel y una pluma fuente con agarradera de caucho: eran sus regalos, su forma de obligarme. A esa primera sesión llegaron como quince personas, entusiasmadas apuntaron las indicaciones que dejó la primera escritora que conocí; nos pidió desarrollar una historia legible, verosímil y efectiva en menos de dos cuartillas (se me seguirán olvidado cosas pero nunca esos tres adjetivos). Después de la cena le puse seguro a la puerta de mi habitación y lo intenté las seis noches que tuve de plazo. A la segunda sesión llegué ojeroso, cargando las dos cuartillas, las copias para todos; entusiasmado por algo. Aunque la maestra comenzaba alabando alguna virtud del ejercicio terminaba los comentarios con un «no cumplió» y se extendía buscando argumentos por los cuáles aseguraba que la historia no era publicable. Me tocó leer al último y aunque el tartamudeo logró que interrumpiera la narración varias veces llegué al punto final; «lo conseguiste», dijo la señora emocionada cuando los demás alumnos, no exagero, aplaudían. Ahí algo se jodió, una maldición: desde ese día y durante por lo menos diez años intenté escribir historias que fueran legibles, verosímiles y efectivas.

Poner en riesgo al lenguaje era algo de lo que no se hablaba, no existía, sobraba en la mayoría de talleres literarios a los que fui, con diferentes maestros y en distintas ciudades encontré personas interesadas en redactar historias que su mayor virtud era ajustarse a una serie de normas que provocan textos encasillados, siempre con los mismos errores: notablemente influenciados por las estructuras del melodrama en su peor manufactura, las telenovelas; o por las series de televisión, pienso en esos guiones que buscan sorprender de la manera más inesperada posible al lector/espectador sin importar la coherencia. Me gustaba leer mis cuentos frente a otras personas y escuchar opiniones con las que esperaba mejorarlos, estaba contagiado por una idea que concibe a la literatura de la forma más utilitaria posible: intentábamos piezas que pudieran encajar en el mercado pero sin más ánimo que el del reconocimiento social. Por suerte no duró demasiado, algunos meses después estaba enredado, queriéndome zafar de ese estrecho molde: los escritores que antes me gustaban ya no los podía leer, y si me asomaba a la computadora y quería trabajar en algún cuento comenzaba un dolor en el estómago que duraba el día entero. Además sentía decepción del proceder de sujetos que participan en el mercado editorial mexicano, profundamente corrupto, un ejemplo: en la ciudad donde vivo algunos escritores han accedido a cargos públicos y universitarios, a través de ventajosos intercambios logran publicar y reunir todo tipo de estímulos gracias a su puesto. Durante meses me dejé apabullar, sin ganas ni de escribir ni de leer, ocupando mis horas en trabajos desgraciados; el silencio duró meses.

Los libros salvan, estos tecleos son la constancia de ello, los responsables son los cinco ensayos del libro que en Argentina se publicó en 2004 y en México publicó Tumbona en 2011, Literatura de Izquierda, de un escritor nacido en Buenos Aires en 1967, de nombre Damián y de apellido Tabarovsky.

 

Tres

«De un extremo a otro, como en un cataclismo, las frases lentamente precipitadas se escapan del esquema gracias al cual en rigor sólo es posible evocar su dirección: a ellas las precipita fuerzas que las domina, que domina a quien las escribe.» George Bataille intenta en su ensayo El mundo en que morimos describir la prosa «sin afectaciones pero desconcertante» de la novela El último hombre de Maurice Blanchot: el eco más claro que he encontrado en mis lecturas de las propuestas que Tabarovsky esgrima; desde el planteamiento de El escritor sin público, el ensayo que abre la colección, se propone algo que lo recuerda:

Mientras que el mercado y la academia escriben a favor de sus convenciones, la literatura que me interesa —la literatura de izquierda— sospecha de toda convención, incluidas las propias. No busca inaugurar un nuevo paradigma, sino poner en cuestión la idea misma de paradigma, la idea misma de orden literario, cualquiera que sea orden.

Para Tabarovsky es claro, vivimos en una época en donde la prosa le hace concesiones al lenguaje, la novela le hace concesiones a la norma; literatura como certeza, ya nunca duda: la mediocridad expresiva es política literaria, política editorial. Entonces llega el calificativo «literatura de izquierda», nombra a aquella que sospecha de toda convención, incluidas las propias, que pone en cuestión todo, la misma idea de orden literario, cualquiera que sea orden; literatura que no se dirige al público sino al lenguaje, literatura escrita por el escritor sin público, que escribe sin otra red que el deseo loco por la novedad, Tabarovsky propone atacar la trama para narrar su descomposición, para poner el sentido en suspenso, pide apuntar al lenguaje para perforarlo y que en ese proceso se disgregue. Advierte que no existe lugar donde se inscriba a la «literatura de izquierda», su lugar no es visible, es una comunidad imaginaria, negativa, la comunidad inoperante de la literatura, incapaz de convertirse en mercancía, que se resiste a transformarse en obra, eso también es Blanchot:  escribe y desaparece; llega la descarga eléctrica, la que sacude al lector cuando piensa que lo inasible se hace presente; las palabras rebasan los límites de las estructuras, uno no sostiene un libro: aunque tenga hojas, se pueda leer, ese objeto no es sino una bomba, una además ya estallada. El cambio es inevitable, levantas la vista instalado en otro lugar.

Quizá los siguiente que escriba no venga al caso: ¿justo lo que dicta la literatura de izquierda?, el extravío; en pleno adoctrinamiento al redactor no le queda más opción que continuar. Era la primera fiesta de escritores a la que me invitaban. Era una noche con lluvia y era una amiga, compañera de un diplomado que había aceptado acompañarme. Era otro yo, uno que iba cargando los libros de un escritor al que le prometieron asistiría. A pesar de que las habitaciones de la casa estaban colmadas de gente, de que los cristales de las ventanas eran cimbrados por la música, de que las cervezas salían de una hielera con provisiones interminables, a pesar de todo eso la fiesta era aburrida, rondaba ese sopor que asiste a los cumpleaños organizadas por madre de adolescentes que festejan a sus hijos como si todavía fueran niños. Ridículamente seguía sosteniendo con una mano los libros (temía que me los robaran) y con la otra equilibraba una lata de cerveza que continuamente se derramaba; mi amiga me dirigía miradas claras: nos íbamos o se iba, le pedí diez minutos cuando se nos acercó el organizador (el primer joven narrador y editor que había conocido, quien me había invitado a la fiesta), me señaló a un tipo sentado en un sillón: «te va a caer bien, esconde los libros, no es el que prometí, vamos». Dimos los pasos suficientes, evadimos a las suficientes personas hasta estar frente a un hombre que movía insistente su cabeza de un lado a otro, tanto que parecía estuviera buscando a su esposa o a una cita por llegar, más bien a punto de entrar, ya en la puerta, pero como si no supiera cuál puerta, como si existieran dos puertas, una a la izquierda y otra a la derecha, y al no saber por cuál esperarla se justifica el vértigo para girar rabiosamente de un lado a otro la mirada. Mi amigo nos presentó sin propiciar un amistoso estrechar de manos, apenas dijo cualquier balbuceo y se fue. Busqué a mi amiga, me di cuenta de que se había quedado atornillada al piso pasos atrás; me miró con rencor. Intenté decirle una disculpa a mi «nuevo amigo», aunque no logré su atención, ahora miraba del lado izquierdo, obstinado, inclinando lo más posible su cuerpo sin dejar de estar sentado, como si de repente obedeciera a una certerísima intuición. Regresé lo pasos, dije varias veces la palabra «disculpa», prometí que me despedía y nos íbamos, mi amiga aceptó. Fuimos de vuelta con el escritor, le extendí mi mano, él reaccionó extrañado, como si no me conociera, desde su sillón me miró un segundo o menos, luego su mirada se desvió unos centímetros a mi izquierda, estoy seguro de que vi cómo su ojo se enfocó lo adecuado para ver a mi amiga, entonces el impulso de su cuerpo se hizo palabra y comenzó a hablar y hablar, y hablar. Resultó que el siguiente semestre sería nuestro profesor de Literatura Latinoamericana en el diplomado en Escritura Creativa en el que estábamos inscritos. Aquel momento tardamos setenta minutos en alejarnos de su discurso para dirigirnos a otra fiesta; de las palabras que pronunció esa noche y de las que dijo mientras fue mi maestro confío en la memoria para que me sigan acompañando. Este largo puente (espero que tanto como para justificar su nominación como literatura de izquierda), se ha ido calibrando para aterrizar en el origen de un gusto, mi gusto por ciertos autores que pertenecen a otra tradición literaria, la argentina: ese apreciado maestro pedía que desarrolláramos una capacidad para bucear entre obras y hallar las que hicieran sintonía con nuestras palabras, que exploramos las tradiciones con el rigor de quien busca las últimas posibilidades; gracias a su clase y a la formación de ese hábito llegué a Tabarovsky, y antes y después a Aira, Libertella, Fogwill, Copi, Lamborghini, Saer, y a otros narradores en los que sigo más obsesionado que entretenido; a veces pienso que si no los hubiera leído ya no escribiría. Me entusiasman las singularidades de sus prosas, el torrente de las palabras, deseo, pulsión, Tabarovsky: «La supervivencia del deseo loco de lo nuevo produce efectos de escritura —novelas y poemas reales— que ni la academia ni el mercado logran asimilar». El saber es disuelto, el sentido se suspende, la argumentación se ataca; queda entregarse al don de lo indeterminado, al don de la literatura: «literatura de izquierda», sabe que puede fracasar, está a punto de dar el mal paso, «y cuando lo logra, cuando cae, lo hace de manera estrepitosa , con gracia, garbo e ironía; hace de ese exceso su plus de energía, su desatino vital».  Los valores con los que sueña la sociedad ahora son los perseguidos por el escritor que hace de su profesión el éxito, «el ascenso, los buenos modales, la eficiencia, el efecto de corta duración, la posibilidad de que el lenguaje cumpla una función comunicativa». Tabarovsky aclara que la literatura de izquierda no es practicada por los escritores de izquierda pues «es una literatura antijerárquica, su objeto es la imposibilidad».

De entre las obras y los escritores recomendados el lugar privilegiado lo ocupa Copi, narrador, historietista, dramaturgo; el relámpago de una escritura inclasificable. Escribe Patricio Pron:

Copi produce la mejor de sus obras a partir de la consigna de que se puede crear la ilusión de que lo que se está contando es «verdadero» denunciando continuamente su carácter ficcional; es decir, que sólo se puede contar alertando permanentemente al lector de que lo que lee es falso, no una ficción sino un engaño…

Su nombre: Raúl Damonte, nacido en Buenos Aires en 1939; emigró a París donde hizo suya la lengua desarrollando un estilo recargado, excesivo, abstracto, donde la realidad se vuelve turbia; para Tabarovsky es «el escritor pesimista de la literatura argentina», lo sitúa como el único que ha intentado superar a Borges, «posborgeano», ha continuado la ficción: Borges dejó claro que la cultura occidental era un mito, un engaño, una monotonía; Copi devela en ¡La pirámide! que una vez instalados en la cultura occidental no hay regreso posible a la tradición argentina, ya no existe, tal vez nunca existió, ni siquiera su existencia es autentica. Para César Aira El baile de las locas es «la obra maestra de Copi», publicada en 1977; que trata sobre un escritor con deudas, su editor  lo persuade para que escriba una novela sobre homosexuales con la que obtendrá dinero, el escritor no acepta y entonces sucede un crimen; a partir de ahí la trama se tuerce, las voces se cruzan, el argumento comienza a dar vueltas como en un carrusel al que el freno, el alto, se le ha descompuesto y gira, gira hasta perderse: la velocidad de su prosa me cura el tartamudeo, tengo un lugar asignado en un librero para las piezas que leo cuando mi lengua se resiste a obedecerme, nada mejor para destrabarse que leer en voz alta a Copi. Cuando comencé a escribir cuentos fui a ver una de sus obras, El Refri, pura casualidad, suerte; en la pequeña, diminuta, ciudad donde nací y crecí no hubo, ni habrá nunca una librería pero de entre mis cincuenta primos tuve uno que lo iba a encarnar y que ya desde niño mostraba el descaro que las historias de Copi tienen; miento, ni si quiera era mi primo, era primo de unos primos; con el divorcio de mis padres tenía mucho tiempo que no sabía nada de esa parte de mi familia, estaba vagabundeando luego de una sesión del taller literario, caminando en las calles del centro antes de tomar el autobús cuando en las letras pequeñas de un cartel leí un nombre que me resultó familiar. Creo que esa misma noche un camión me devolvió cerca de esas calles y comencé a buscar el teatro donde la obra sería montada, todavía no lograba ubicarme en esa nueva ciudad, recuerdo el cansancio, la ansiedad que tuve de no encontrar el lugar. El único espectador de esa noche fui yo, así que no hubo retraso, mi primo estaba en una pequeña sala de espera, al verme se sorprendió pero no permitió un saludo, me pidió que entrara a la sala y él se escabulló por una puerta lateral. El refrigerador en medio, los gritos, el monólogo arranca, palabras que fueron abonando a la construcción de un personaje gay, un famoso travesti, al que su madre le manda de regalo El Refri, entonces el personaje es atravesado por otras voces, transformándose en otros, delirando, burlándose, mientras plantea suicidarse. Al final de la obra fui a felicitar a mi primo, él me contestó amable pero sin rebasar a esa familiaridad que tal vez nunca existió, quedamos de vernos en otro momento, tenía ganas de platicar con él y a lo mejor también él conmigo pero algo del exceso de Copi seguía zumbado en el aire robándonos las palabras, los días pasan y no nos hemos vuelto a ver. La literatura es un relámpago que al cambiar súbitamente de trayectoria silba: Copi, Copi, Copi.

El desarrollo de una genealogía de escritores le sirve a Tabarovsky para señalar en Efectos abstractos cómo la operación del mercado editorial y el desarrollo de la academia operan para simular que las vanguardias no existieron, publican y reseñan obras convencionales, como si la cadena lingüística no hubiera sido ya destrozada, vuelven a la literatura más conservadora, la limitadora de contexto, la que ahoga el marco de referencias. La literatura es radical cuando busca la emergencia de la singularidad: la prosa que da cuenta de la imposibilidad de la narración.

Una escritura que tiene a la vanguardia como fantasma —un ente ni vivo ni muerto, ni ausente ni presente, un gesto ni real ni imaginario— es una escritura que asume su fracaso. Que lo asume y lo radicaliza. Ese escritor está solo, lejos del pasado, fuera del presente, sin futuro. Sin público. Ya no puede aspirar a cambiar el mundo, pero el mundo tampoco es su lugar.

La literatura es un extravío. La literatura cuando es literatura se opone al consenso, al diálogo, a la argumentación.

 

Cuatro

Durante los últimos cuatro días he realizado el mismo ritual: despierto apenas he quedado dormido, no sé cuánto tiempo pasa pero creo que es de inmediato: lo hago con la velocidad de un acto reflejo, como si en lugar de aire entrara agua en mis fosas nasales y estuviera ahogándome. Respirando lento logro calmarme y entonces camino hasta el escritorio, enciendo la lámpara y comienzo a leer Una belleza vulgar; me contengo con las primeras diez y las últimas diez páginas; la novela de Tabarovsky trata de lo mismo que trata su libro de ensayos, de la puesta en práctica de Literatura de izquierda: una hoja se desprende de un árbol y es narrada en su recorrido hasta caer al suelo, durante el trayecto el sentido se suspende, la prosa se despliega. Guardo lo libros, apago la luz y regreso a la cama aunque no duermo, el insomnio se alimenta de las preguntas y esas ya casi no cesan; envidio la seguridad con que habla el narrador que nos encontramos O y yo la otra noche en el bar: sé que ninguno de los cuentos y de los arranques de novela que he intentado podrían ser literatura de izquierda; hay tiempo, hay posibilidades o será el desaliento que cubra todo de niebla. Queda levantarse de nuevo de la cama, ir a encender la computadora, abrir el procesador de textos y romper la línea de conexión, buscar el extravío. ¿Hay tiempo?, ¿habrá posibilidades?; ¿posibilidades?, ¿tiempo?

 

InstagramCapture_59f320a5-63f4-4d70-aaee-4707d70cd9dd

 

Obras consultadas

Damián Tabarovsky, Literatura de izquierda, Tumbona Ediciones, México, 2011, 104 p.

Maurice Blanchot, El último hombre, Arena Libro, Madrid, 2001, 110 p.

Raúl Damonte (Copi), Obras, Anagrama, Barcelona, 2012, 275 p.

 

Publicado originalmente en Gaceta Frontal: http://gacetafrontal.com/2015/07/05/me-llamo-estilo-apuntes-sobre-damian-tabarovsky/

Anuncios

2 comentarios el “Me llamo estilo

  1. Muchas gracias, Noé.

  2. He leído con mucho entusiasmo este texto. Es muy alentador para esa comunidad de escritores que no es visible, “inoperante de la literatura”, pero que busca revelarse contra la convenció.

Los comentarios están cerrados.