La búsqueda de una posibilidad

—Híjole, ¿aunque eso lleve a mi pasado oscuro? —me advierte Gabriel Wolfson mientras ecos de risas estorban su dicción.

Estamos sentados en el patio de la librería “Profética”, en el Centro de la ciudad de Puebla. Es mediodía y aunque el lugar está casi lleno, Gabriel ocupó la primera mesa del lado izquierdo, de las más grandes, cinco sillas vacías nos acompañan. Cuando llegué leía un manuscrito, ahora le da un trago largo a la Corona que tiene enfrente. Sobre la mesa también hay una cajetilla de cigarros Marlboro rojos. En el momento en que la miro, él la toma, saca uno, me ofrece (será la única vez) y lo enciende. Mientras va soltando el humo parece calibrar el nombre que está a punto de pronunciar:

—Pedrito Palou me habló de la revista Crítica (de literatura, publicada desde hace más de treinta años por la BUAP). Pedro tiene diez años más que yo, nos hicimos cuates cuando iba en la prepa, era mi profe, me daba psicología. En la escuela se les ocurrió hacer unos talleres por las tardes, este cabrón hizo uno literario. Fue mi primer acercamiento, antes no había escrito nada. A esa revista sin duda fue él quien mandó un texto suyo y uno mío, cuando todavía era tamaño carta, en papel cuché. Ya era Armando Pinto director, debió ser en noventa y tres, noventa y cuatro…

Antes de que siga hablando lo interrumpo:

—¿Has pensado que sin ese taller quién sabe si hubieras escrito?

Gabriel se tarda varios segundos en contestar, vuelve a fumar, bebe cerveza y mira hacia otras mesas buscando quién sabe qué, al fin dice:

—Es muy probable que no, bueno no lo sé, probablemente no. Necesitaba en ese momento una vía de escape al piano, a mi hermano y a mí nos metieron a estudiar  desde los cuatro años. Éramos buenos, íbamos a clase al DF con una de las grandes pianistas de este país. Llegó un momento en torno a mis catorce años que me di cuenta que tenía mucha facilidad, pero que empezamos a estar en un nivel donde teníamos que estudiar más. Me costaba trabajo sentarme una hora a tocar piano y ya para entonces teníamos que estudiar unas tres horas diarias, después iba a ser más.

El ruido de las otras mesas, de las pláticas a nuestro alrededor obligan a Gabriel a hablar más fuerte: “se me hizo gacho informarle a la familia que abandonaba el piano. La literatura apareció como un pretexto. Ya encontré lo que sí me gusta, por lo tanto dejo el piano”.

El mesero interrumpe, recoge mi taza y el envase de la cerveza de Gabriel, él aprovecha para pedirle otra igual, y descansa su espalda en el respaldo de la silla, la expresión de su cara se vuelve algo más amable cuando dice:

—Y ahí en el taller, Pedrito y yo nos hicimos grandes cuates, era mi maestro, un tipazo, alguien a quien yo apreciaba muchísimo. Creo que era mutuo.

Pedro Ángel Palou convenció a Gabriel para que en lugar de estudiar literatura en la Buap lo hiciera en la Udlap, durante esos años la amistad se hizo más profunda:

—Una de las cosas más chidas que hizo Pedro fue publicarme un primer librito, una plaquet que armó él. Me enteré el día que lo presentamos, me dijeron hoy se presenta tu libro. Hizo que me sintiera escritor. Éramos grandes cuates.

Palou siguió invitándolo a colaborar en los distintos puestos que ocupó. Primero cuando el entonces secretario de Cultura, Héctor Azar, lo puso a dirigir la escuela de escritores de la Sogem y luego cuando el ex gobernador Melquiades Morales lo nombró secretario de Cultura.

—Pedro acepta, yo le digo que sí, que está poca madre, que habrá oportunidad de hacer cosas, yo tengo veintiún años. El primer mes fue un desmadre gigantesco fantástico, estuvo tan chingón, después todo se desdibujó. La culpa fue nuestra por ser tan ingenuos. Nos fue cayendo la realidad de la burocracia, del gobierno, de las cosas horribles que tienes que hacer, de las cosas chingonas que no puedes hacer, de lo protocolario. Mi impresión es que Pedro sí se empieza a adaptar a eso, lo que empieza a hacer él y las maneras en las que empieza a hacerlo no son las cosas y las formas por las cuales se supone que habíamos dicho, sí está poca madre, vamos a entrarle. Comienza a actuar de manera más como se actúa en esos medios, que entonces yo no lo entiendo, me da lo mismo quién sea o qué puesto ocupes, ¿somos cuates o no?

Gabriel Wolfson renunciará a los cinco meses de haber iniciado el periodo de gobierno y se irá a estudiar un posgrado a España. A veces le escribiría algunos correos electrónicos a Pedro Ángel Paloú, pero el intercambio será “cada vez con más distancia, y yo cada vez pensando que estaba en desacuerdo con sus posiciones, sus ideas, sus libros, supongo que eso es mutuo, se enfrió y desapareció. Tan-tan”, narra Gabriel, que desde hace bastantes palabras dejó de sonreír y ahora de un trago largo liquida la ya tibia cerveza. De pronto se ve cansado, nos despedimos.

*

Escribe de espaldas a la puerta de su estudio, de paredes blancas, con libreros hasta el techo cuidadosamente ordenados. La silla en la que está sentado es antigua y valiosa, o a lo mejor será una reproducción de esas primeras sillas de roble, giratorias. Gabriel Wolfson la mueve, un poco hacia un lado, un poco al otro.

En la edición del 2003 los jurados del concurso de cuento “Julio Torri”, organizado por el Fondo Editorial Tierra Adentro, fallaron a favor de Ballenas, el primer libro publicado formalmente por Wolfson. Un libro que trata el tema de la música, el de las aspiraciones. Hay escenas familiares, rupturas. En “Renuncia” leemos el fracaso de la supuesta joven promesa, un artista incapacitado físicamente para crear: sentimos su ira ante lo que se ha convertido, una ira que es clave al menos para estos primeros cuentos de Gabriel y que parece haber incubado durante aquellas horas que pasó frente a las teclas, ¿de un piano, de una computadora?

Sin embargo su cuento favorito es “Cena”, o al menos del que más habla, “el que lo cambia todo”:

—En realidad se llamaba “Invitación a cenar” pero después en la edición me gustó que el libro y los cuentos tuviera títulos de una sola palabra. Es lo más viejo que todavía me gusta, marca un punto de inflexión clarísimo. Tuvo que ver con lecturas que fueron muy importantes, recuerdo con una conciencia enorme decir esto ya es otra cosa. Uno por la extensión, empiezo con el relato. Luego, renegar de la idea del cuento, yo había crecido con la idea vieja del cuento, la de Cortázar, la gringa, así hasta los veintiuno, la había enseñado en talleres. En ese momento por fin dije a la chingada, me parece una idea pendeja. Hubo una ruptura, en esos meses entré a psicoanalizarme, leí dos autores que fueron fundamentales, Thomas Benhard, me lo dio Marcelo Guachard, me deslumbra, me apendeja, de esos autores que te dan chance de hacer cosas que nunca habías hecho, así de imítalo y dejas de hacer las pendejadas que estás haciendo. Y la otra cosa es Piglia, es de las últimas cosas que le agradezco a Pedro, me regaló Respiración Artificial, ese libro me volvió loco, está en mis diez libros preferidos, todavía me enloquece. Mi sensación al escribir  ese cuento fue muy distinta de todo lo que había escrito, escribir disfrutando.

El resto del libro Ballenas lo terminará en España, en el transcurso de cuatro años. Wolfson hizo su tesis de Julio Torri, entonces fue como una señal, lo mandó al concurso que lleva su nombre, gana y lo publican.

*

El segundo libro, Ponte la del Puebla sale de imprenta en agosto del 2008. Crónicas que nos sitúan en el vestidor de un equipo de futbol de primera división, el Puebla FC que disputa partidos por la permanencia en la categoría: Gabriel Wolfson narra a un equipo que juega a no ser el último. A partir del estadio Cuauhtémoc traza la trayectoria de una ciudad, tal vez de un Estado, continuamente confrontando por las aspiraciones de sus clases. En mi edición tengo subrayado un fragmento donde Gabriel critica la forma en que se seleccionan jugadores. Al leerlo pienso en el campo literario, que esa descripción aplicaría también a la república de las letras:

“Pero me queda claro que los promotores serán uno más de los elementos que conforman este mundo, y también que este mundo, como el de la política, es satisfechamente endogámico: puedes aterrizar en él si te apellidas Aves, Manzo o Davino, pero sobretodo, puedes pertenecer a él si desde siempre has pertenecido a él. Así de tautológico.”

*

Los restos del banquete, el siguiente libro de narrativa que publicó fue en la editorial independiente Magenta, en 2009. También de estructura fragmentaria, con por lo menos tres historias confluyendo al ritmo de unas descripciones que lo mismo se detienen a construir imágenes a partir de preguntas, o a la elaboración de diversas variables en las oraciones, con diferente orden pero con los mismos elementos. Relato fraguado entre el cuestionamiento al proceder de los mecanismos de la ficción y la añoranza de personajes que se han ido, están lejos, gastando energías buscando quiénes fueron.

Los restos del Banquete se hizo más largo, era un relato más o menos del tipo de Ballenas. Lo que fue muy distinto tiene que ver con el origen de la historia. Fue de alguien conocido, un amigo mío, Hugo. Me ajusté a su historia, me parecía muy buena, de muchísimas pláticas con él, y de mails, son en el 95 por ciento de los mails originales de Hugo. Es el eje central de la historia y tiene que ver con lo que estoy haciendo ahora. Que es ya propiamente dejarme de mamadas, si lo que quiero es la historia de fulanito que me parece buena, pues lo entrevisto y que me la cuente. La gente tiene historias chingonas.

Antes de que pueda hacerle otra pregunta suena el celular, Gabriel duda en contestar. Cuatro tonos después se levanta, camina acercándose a la puerta de su estudio pero no sale, después de unos segundos alcanzo a escuchar que termina con un:

—Vientos, gracias, órale —se vuelve a sentar, continúa: —otra cosa que me gustó de los Resto del banquete,que me interesó mucho, es dejar de echar rollo ensayístico de la ciudad y mejor que pasen cosas ahí. En todas partes hay una historia, hay detalles. Si pudiera entrar a una fábrica y ver lo que quisieras sin que nadie te jodiera me encantaría hacerlo. La posibilidad de ver. Necesito a fuerzas ver algo que pasa, escuchar algo, que una amigo me cuente. Esa es una de las cosas que me gustaron mucho desde que leí los cuentos de Meneses (Alejandro Meneses, autor de Días extraños y Ángela y los ciegos). El güey no tiene el menor problema de hablar de un Oxxo, en hacer que las historias ocurran en la colonia Santa María y hacerlo poca madre, ese es el escenario y se acabó, hay portales, hay colonia La Paz, hay Upaep, el Parque del Carmen.

—¿Cómo se llama el movimiento literario poblano al que te estás inscribiendo? —le pregunto intentando permanecer serio.

—Ultracostumbrismo —ríe, se carcajea, luego dice:

—Nel, espero que no.

*

Las reseñas que escribe Gabriel Wolfson son tan buenas que es común que se le tome sólo por crítico literario, un error. Incluso cuando él habla de su trabajo crítico es parco: “no he escrito tantas (reseñas), unas cuarenta, cincuenta, básicamente para Crítica”. Escribirlas le da la posibilidad de hablar en primera persona, “sin justificar miles de cosas, inventándote un sujeto enunciador que eres tú pero de otra manera, puedes hacer chistecitos, derivar hacia otros temas”. Es un tipo de texto que le es cómodo, de libertad y flexibilidad para discutir, “me interesa reseñar literatura mexicana, que no sea de gente que conozco, sino que pueda realmente abrir el libro y leerlo sin culpas”.

Sin duda, el trabajo editorial literario más valioso que se hace en la ciudad de Puebla está a cargo de los proyectos que Gabriel Wolfson dirige. Cabezaprusia se ha encargado desde 2010 de publicar autores tan estimables como Nathalie Quintane, o recientemente una antología a cargo de Jorge Cabezas Miranda que incluye textos del grupo cubano Diásporas, este año editan un libro de ensayos sobre Viena de Andreas Kurtz. La Cleta Cartoneralleva ya siete libros, el último fue “la estupenda novela” de Víctor Hugo Martínez Bravo Su majestad pone la música. Gabriel admite un problema en el trabajo editorial que realiza: “nos preocupamos por la edición y no en la parte de moverlos, de hacerlos visibles, necesitamos ponernos a trabajar en ello”.

*

“Recién salido de la imprenta, el libro de Gabriel Wolfson. Un libro anómalo, digresivo, fundado en la complejidad y la constante traición de las expectativas. Su sospecha sobre la solvencia de la trama es radical. Por eso me interesa. (La solvencia, ya se sabe, es el término cumbre del sistema financiero.) Es inútil hablar de anécdota o argumento en el caso de Wolfson. La historia está y no está. Es decir, está pero como si no estuviera. Todo en sus narraciones, como en los tribunales de Kafka, es antesala, desviación, repliegue, como si su finalidad formal fuera no avanzar o traducir nuestra condición delirante y absurda. En cierto sentido el libro llegó a su editorial idónea, donde publicamos con la lentitud de los anélidos. Después de una larga espera, Be y Pies(con su hermosa y enigmática portada) estará circulando en un par de semanas. En Tumbona Ediciones estamos felices.”

Vivian Abenshushan posteó hace unos días este fragmento en su muro de Facebook junto con la portada del libro Be y Pies, Abenshushan es una de los editores que Gabriel tuvo este año. El otro fue Daniel Saldaña Paris, que edito Profesor, libro de relatos que saldrá publicado en unos meses en la colección El Guardagujasdel Conaculta, sobre ese libro Wolfson me dice:

—Son relatos más densos en términos de estructura, no de historia, en donde sí me fui más de hocico con esa idea de no me importa si lo que estoy contando es nada. No me interesa hacer literatura de la nada y palabrería, no, yo veo claramente muchísimas historias, vida, pero no agradable en términos de una lectura sencilla. No quiero asustar con mamadas ilegibles, por supuesto que no, hay cosas claras pero me di chance de meterme en historias muy tenues. Es como ir contando la historia sin contarlo y lo que hago es poner unos pinches árboles verbales, una pendejadita que podría haberse dicho en tres palabras, pum, un rollazo del viaje interior de personaje.

—¿Como si bordearas la historia?

—Exacto, ese es un procedimiento clave, rodear, y nunca decir, nunca llegar al centro, nunca decir es eso. Construir espesura y de tal manera que si te va bien encuentres un claro y luego ya el lector decide que hay ahí.

*

Gabriel Wolfson trabaja como coordinador de la licenciatura en Literatura de la Udlap, le pregunto cómo le hace para ganarse la vida y escribir, me contesta:

—A mí estudiar el doctorado me ha dado la posibilidad de tener una buena chamba, que me gusta, y ese trabajo me permite no estar tan atento a algunas cosas o decir que no a algunas cosas, o poder pelearme tantito con alguien, básicamente me da un sueldo. Es decir tú puedes tener una posición muy fuerte contra muchas cosas pero si no te buscas la manera de poder materialmente tenerla está más cabrón. Yo veía claramente con esta mirada muy sagrada a la literatura, de que es eso que escribes gratis, eso que escribes sin que nadie te lo haya pedido. Y ya ahora no creo en eso, tampoco en lo opuesto. Es decir que hay gente que tiene devoción por lo literario, como de un respeto muy grande y que lo aparta del mundo y que escriben una mierda, o de miserables con voz.

A punto de despedirme me animo a preguntarle si da algún taller. Contesta rápido que no, mientras busca un ejemplar del primer libro que editó, me lo regala, No hay obra, hay taller. Me acompaña hasta la puerta, salgo, sonríe y la cierra antes de que pueda decirle algo más.

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Publicado originalmente en http://ladobe.com.mx/2015/08/la-busqueda-de-una-posibilidad/

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“Entre paréntesis” para desentrañar la cotidianidad

En el país apenas existe una editorial que además de ser diseñada exclusivamente para la publicación de jóvenes escritores cuenta con los suficientes recursos para la difusión y distribución de sus libros que abarca los treinta y tres estados de la república: El Fondo Editorial Tierra Adentro, fundado en 1990 cuenta con más de quinientos títulos publicados. Entre los géneros que editan se encuentra el ensayo y para el libro 530 eligieron publicar al escritor poblano José Luis Dávila con Entre paréntesis.

—Un libro que trata sobre temas cotidianos, casi todos los textos están construidos alrededor de la experiencia del día a día —dice en entrevista para Lado B el joven de veinticinco años, graduado por la licenciatura en Lingüística y Literatura Hispánica de la Buap, al que el dictamen favorable lo tomó por sorpresa:

—El manuscrito lo mandé hace casi dos años y en octubre pasado recibí un email diciendo que estaba aprobado para su publicación. Fue sorprendente y gratificante, era una noticia que no me esperaba.

Escribir los ensayos le tomó a José Luis alrededor de una año, “no nació con la idea de ser un libro”, fueron textos que tuvieron una primera versión como columnas para un diario local:

—Cuando dejé de escribir para ese periódico vi que había textos que entraban como ensayos y los sumé a unos cuantos que tenía alternos e inéditos. Decidí mandar el libro porque un amigo encontró la convocatoria de Tierra Adentro y me la mandó. Se me hizo buena idea.

James Gandolfini y Roger Ebert son algunas de las figuras de la cultura pop que desfilan como personajes en las páginas de estos ensayos. También hay referencias a algunos escritores, textos que se desprenden de las lecturas de Milan Kundera, Borges y Walser.

—Desentrañar la cotidianidad por medio de una mirada, digamos, a veces estética, a veces reflexiva, con el fin de encontrar en ella una forma alterna de explicarla, justo como lo hacen los paréntesis en los textos —explica el autor sobre las búsquedas que los ensayos de Entre paréntesis se plantean.

Actualmente José Luis dirige la revista cultural Cinco Centros (http://cincocentros.com/), está en el proceso de edición de un falso documental, del cual fue director y guionista. También busca escribir una obra de teatro y, “quizá una novela que apenas está tomando forma”.

Entre paréntesis ya circula en librerías como “Profética” (3 sur 701. Centro), o en las dos sucursales que tienen las librerías “Educal” en la ciudad de Puebla (4 norte 203 y 11 norte 1005). La ilustración de la portada es del artista Emanuel Peña y como todos los libros de la editorial costará sesenta pesos.

Publicado originalmente en: http://ladobe.com.mx/2015/07/entre-parentesis-para-desentranar-la-cotidianidad/

“Tome la pistola y empiece a despachar”, un filme de violencia y abandono

Es quince de septiembre, un pésimo día: Evaristo no logró vender todos sus cuetes, la batea de su camioneta va cargada de pólvora. Está cansado, lo único que desea es detenerse lo más rápido que pueda en la siguiente gasolinera, cargar, volver a casa…

—Y de pronto le toca vivir un acto de violencia fortuita —relata Eduardo Sabugal, guionista y director del cortometraje Tome la pistola y empiece a despachar, ganador de 14vo Concurso Nacional de Proyectos de Cortometraje que convoca el IMCINE y estrenado en el Festival Internacional de Cine en Guadalajara. En entrevista para Lado B narra cómo arrancó la historia:

—Originalmente surgió como un cuento que escribí para un proyecto que consistía en varios cuentos a partir de instrucciones que uno va leyendo en la calle, Rómpase en caso de incendio, No estacionarse, No distraiga al operador, etc.  Particularmente este cuento no terminaba de convencerme como cuento, alguien que respeto mucho me dijo que no funcionaba como cuento. Así que lo terminé convirtiendo en guión cinematográfico, tenía una clara puesta en escena y era interesante visualmente hablando. Quería plantear cómo la violencia en nuestro país ha perdido todo tipo de fundamento, se ha convertido en algo viral y absurdo, una moneda de cambio habitual. No es casual que la historia ocurra la noche de un 15 de Septiembre, simbólicamente me interesaba rastrear eso que yo veo como un país en ruinas. Evaristo, el personaje principal, representa a una clase social olvidada por el sistema, relegada e invisibilizada, comete un acto de violencia que no proviene de la toma de conciencia ni de la rebelión ni de la ideologización.  El guión intenta problematizar la facilidad y lo fortuito de la violencia, el abismo cada vez mayor que hay entre las clases sociales, en una sociedad polarizada y donde la desigualdad ha creado barreras de clase invisibles pero infranqueables. Evaristo es un vector del sin sentido, y representa la deriva. Bajo un enfoque existencialista, el personaje es una suerte de Sísifo (para emplear la metáfora de Albert Camus) que tiene que cargar eternamente su piedra y cuya empresa resulta inútil, absurda.

—¿Cuáles eran las búsquedas estéticas más importantes de Tome la pistola y empiece a despachar?

—Quería reflejar el abandono dentro de la euforia mercantil. Los anuncios de luz neón y la luz blanca de la tienda y las lámparas de la gasolinera deberían dar un tono verdoso a la piel (en el exterior) y casi blanquecino (en el interior), transmitiendo una sensación de irrealidad, como de efecto televisivo. Quería que los rostros del cajero de la tienda y del despachador de gasolina, al ser bañados por esa luz, parecieran como de cera y tuvieran un aire aún más decadente. La referencia a la celebración del 15 de septiembre busqué que fuera indirecta, mediante adornos, símbolos y vestuario, ya sabes, playera de futbol, bigotes falsos, sombreros, banderita de México pintada en la mejilla, etc. El diseño sonoro era muy importante, y aquí debo reconocer el gran trabajo de Omar Juárez, pues yo quería que el sonido sirviera para acentuar la sociedad polarizada y el múltiple ruido, en una sociedad que se encuentra atrapada en la esquizofrenia. El cortometraje tiene muy pocos diálogos, por eso el sonido radiofónico fue una herramienta expresiva. De ahí que Evaristo intente sintonizar algo en la radio sin conseguir encontrar algo que le agrade, por eso termina escuchando sólo la estática de una frecuencia sin contenido alguno (una metáfora de “la nada”). Usé planos cerrados en el interior y abiertos en el exterior para transmitir la doble sensación de que en el exterior “no pasa nada”, mientras que en el interior sucede una tragedia. Tensión bipolar que nutre la curva dramática.

Eduardo Sabugal desde hace 12 años produce y conduce una revista radiofónica especializada en cine, llamada Perifonía: “la primera en Puebla de su tipo, el punto de vista de ese programa es el de la filmología, es decir el estudio social de los films, y el único motivo por el que arranqué ese proyecto y por el que lo sigo haciendo es mi cinefilia.” Otra manera en que se ha relacionado con el cine es a través de la impartición de clases, Narrativa Visual en la UDLAP, Historia del Cine y Semiótica de la Imagen en UNARTE y recientemente Guionismo en la IBERO. Para hablar de sus influencias directas recuerda a Corkidi:

—Yo tomé clases con Rafael Corkidi en la UDLA, era un apasionado del videoarte y sus clases eran geniales, intenté aprovechar todo lo que nos decía dentro y fuera del aula, fue sin duda una clara influencia para mí, quizá por eso antes de hacer un cortometraje, incursioné en el videoarte y en la videodanza.

—¿Cómo fue mandarlo a concurso, la filmación?

—Junto con el guión, como parte de la carpeta de producción, mandé un planteamiento estético y filosófico de mi guión. Además de incluir requerimientos técnicos e indispensables como el break down, el plan de rodaje, el presupuesto y el storyboard (realizado este último por cierto por el pintor Alejandro Sabugal). La preproducción, producción y postproducción se realizó de julio a diciembre del 2014. Algunos miembros de mi crew eran de Puebla, como por ejemplo Anamary Ramos que junto a Marcos Vargas hicieron la dirección de arte y Juan Manuel Barreda que fue mi editor. Sin embargo el IMCINE me ayudó a encontrar a la mayoría del talento. Tuve un excelente asistente de dirección llamado Matías Estevez  y un muy buen fotógrafo Ricardo Garfias, que entendió perfectamente lo que yo buscaba. Natalia Beristain me ayudó con el casting de actores. Me gustó mucho que las locaciones fueran las que yo había elegido desde un principio en el Estado de Puebla, en la autopista México-Puebla. Creo que de alguna manera el IMCINE en los últimos años se ha preocupado por descentralizar la producción, incluso ahora hay varios programas de apoyo y convocatorias para regiones específicas del país.

Eduardo Sabugal tiene listos para filmarse dos guiones más de cortometraje y uno de largometraje, sin embargo, aún no encuentra el financiamiento para producirlos. Con otro guión que escribió titulado Leche,participó en la selección oficial de guiones en el 5°- Festival Internacional de Cine en el Desierto, el FICD.

Durante este año Tome la pistola y comience a despachar ha sido proyectado y seleccionado en competencia en tres festivales, dos nacionales y uno internacional. Fue Selección Oficial en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara en su edición número 30 (El FICG30), en el 7° Festival de Cine de Durango y ahora en Septiembre estará en el VLAFF Vancouver Latin American Film Festival que se llevará a cabo del 3 al 13 de Septiembre en Vancouver, Canadá. En Puebla podrá verse en el Tour de Cine Francés que arranca en noviembre.

 

Publicado originalmente por Lado B http://ladobe.com.mx/2015/07/tome-la-pistola-y-comience-a-despacharse-un-filme-de-violencia-y-abandono/

 

Me llamo estilo

Uno 

Desacelera la velocidad de su lengua y entona las palabras con una pausada dicción que pretende distanciar sus cuentos de los míos: «tratan de una búsqueda con el lenguaje»; tiene veintisiete años, nació en una ciudad fronteriza y unos tres meses atrás la editorial que publicó mi primer libro de cuentos hizo lo mismo con los suyos. Desde que llegamos al bar lo vi, estaba solo en la barra, como esperando a alguien; O eligió lugar cerca de la única ventana, platicamos, bebimos cervezas. Media hora después él se acercó, me extendió el saludo, le dio un beso a la mejilla de O y se sentó. Al principio nos quejamos de «nuestra editorial», de sus mecanismos de distribución, de las bajas ventas, de las pocas reseñas. La música del bar fue subiendo de volumen impidiéndonos hablar, tuvimos que levantarnos, salir a una terraza. Aunque intenté quedar junto a O la colocación de la mesa y de las sillas hizo que él quedara más cerca, entonces ya sólo dirigió sus palabras a los oídos de ella, le dijo que lo importante era trabajar con el lenguaje, que se sentía heredero de la «prosa poética» de Daniel Sada; me quedé callado, esperando que llegara algún mesero. Minutos después tuve que levantarme, ir a la barra por tres cervezas. De regreso, mientras apoyaba los envases en la mesa escuché cómo él le decía: «Literatura de la imaginación» y comenzaba a citar a Chimal. No soporté, más que decir eructé: «Literatura de izquierda». Él abrió las cuencas de los párpados lo más que pudo y me respondió: «ya lo leí, es más por eso acabo de ganar una beca a Francia, me voy tres meses a terminar mi segundo libro, estoy celebrando». O salvó la noche: «me siento cansada, ya no soporto el humo del cigarro, vámonos», dijo y se despidió sin darle beso en la mejilla. Antes de levantarme le pregunté si había leído alguno de los libros que recomendaba Tabarovsky, me respondió: «apenas le ando entrando a la literatura argentina… contemporánea, claro». De regreso a casa intenté dormir. No pude. Releí el primer ensayo de Literatura de Izquierda y el primer capítulo de la novela Autobiografía médica, los dos libros que había conseguido de Tabarovsky; unos días atrás había comprado en internet Una belleza vulgar pero el correo todavía no hacía llegar la novela a mis manos.

Dos

No tuve elección, mi padre me inscribió al primer taller literario al que fui; yo tenía quince años, acababa de reprobar por segunda vez segundo de secundaria, como intento de solución me había llevado a vivir a su departamento. Arrancó el ciclo escolar y mi padre entró a mi recámara con el recibo de la inscripción a un curso de la Escuela de Escritores en la mano, lo colocó sobre el escritorio, debajo de una libreta negra con pastas de piel y una pluma fuente con agarradera de caucho: eran sus regalos, su forma de obligarme. A esa primera sesión llegaron como quince personas, entusiasmadas apuntaron las indicaciones que dejó la primera escritora que conocí; nos pidió desarrollar una historia legible, verosímil y efectiva en menos de dos cuartillas (se me seguirán olvidado cosas pero nunca esos tres adjetivos). Después de la cena le puse seguro a la puerta de mi habitación y lo intenté las seis noches que tuve de plazo. A la segunda sesión llegué ojeroso, cargando las dos cuartillas, las copias para todos; entusiasmado por algo. Aunque la maestra comenzaba alabando alguna virtud del ejercicio terminaba los comentarios con un «no cumplió» y se extendía buscando argumentos por los cuáles aseguraba que la historia no era publicable. Me tocó leer al último y aunque el tartamudeo logró que interrumpiera la narración varias veces llegué al punto final; «lo conseguiste», dijo la señora emocionada cuando los demás alumnos, no exagero, aplaudían. Ahí algo se jodió, una maldición: desde ese día y durante por lo menos diez años intenté escribir historias que fueran legibles, verosímiles y efectivas.

Poner en riesgo al lenguaje era algo de lo que no se hablaba, no existía, sobraba en la mayoría de talleres literarios a los que fui, con diferentes maestros y en distintas ciudades encontré personas interesadas en redactar historias que su mayor virtud era ajustarse a una serie de normas que provocan textos encasillados, siempre con los mismos errores: notablemente influenciados por las estructuras del melodrama en su peor manufactura, las telenovelas; o por las series de televisión, pienso en esos guiones que buscan sorprender de la manera más inesperada posible al lector/espectador sin importar la coherencia. Me gustaba leer mis cuentos frente a otras personas y escuchar opiniones con las que esperaba mejorarlos, estaba contagiado por una idea que concibe a la literatura de la forma más utilitaria posible: intentábamos piezas que pudieran encajar en el mercado pero sin más ánimo que el del reconocimiento social. Por suerte no duró demasiado, algunos meses después estaba enredado, queriéndome zafar de ese estrecho molde: los escritores que antes me gustaban ya no los podía leer, y si me asomaba a la computadora y quería trabajar en algún cuento comenzaba un dolor en el estómago que duraba el día entero. Además sentía decepción del proceder de sujetos que participan en el mercado editorial mexicano, profundamente corrupto, un ejemplo: en la ciudad donde vivo algunos escritores han accedido a cargos públicos y universitarios, a través de ventajosos intercambios logran publicar y reunir todo tipo de estímulos gracias a su puesto. Durante meses me dejé apabullar, sin ganas ni de escribir ni de leer, ocupando mis horas en trabajos desgraciados; el silencio duró meses.

Los libros salvan, estos tecleos son la constancia de ello, los responsables son los cinco ensayos del libro que en Argentina se publicó en 2004 y en México publicó Tumbona en 2011, Literatura de Izquierda, de un escritor nacido en Buenos Aires en 1967, de nombre Damián y de apellido Tabarovsky.

 

Tres

«De un extremo a otro, como en un cataclismo, las frases lentamente precipitadas se escapan del esquema gracias al cual en rigor sólo es posible evocar su dirección: a ellas las precipita fuerzas que las domina, que domina a quien las escribe.» George Bataille intenta en su ensayo El mundo en que morimos describir la prosa «sin afectaciones pero desconcertante» de la novela El último hombre de Maurice Blanchot: el eco más claro que he encontrado en mis lecturas de las propuestas que Tabarovsky esgrima; desde el planteamiento de El escritor sin público, el ensayo que abre la colección, se propone algo que lo recuerda:

Mientras que el mercado y la academia escriben a favor de sus convenciones, la literatura que me interesa —la literatura de izquierda— sospecha de toda convención, incluidas las propias. No busca inaugurar un nuevo paradigma, sino poner en cuestión la idea misma de paradigma, la idea misma de orden literario, cualquiera que sea orden.

Para Tabarovsky es claro, vivimos en una época en donde la prosa le hace concesiones al lenguaje, la novela le hace concesiones a la norma; literatura como certeza, ya nunca duda: la mediocridad expresiva es política literaria, política editorial. Entonces llega el calificativo «literatura de izquierda», nombra a aquella que sospecha de toda convención, incluidas las propias, que pone en cuestión todo, la misma idea de orden literario, cualquiera que sea orden; literatura que no se dirige al público sino al lenguaje, literatura escrita por el escritor sin público, que escribe sin otra red que el deseo loco por la novedad, Tabarovsky propone atacar la trama para narrar su descomposición, para poner el sentido en suspenso, pide apuntar al lenguaje para perforarlo y que en ese proceso se disgregue. Advierte que no existe lugar donde se inscriba a la «literatura de izquierda», su lugar no es visible, es una comunidad imaginaria, negativa, la comunidad inoperante de la literatura, incapaz de convertirse en mercancía, que se resiste a transformarse en obra, eso también es Blanchot:  escribe y desaparece; llega la descarga eléctrica, la que sacude al lector cuando piensa que lo inasible se hace presente; las palabras rebasan los límites de las estructuras, uno no sostiene un libro: aunque tenga hojas, se pueda leer, ese objeto no es sino una bomba, una además ya estallada. El cambio es inevitable, levantas la vista instalado en otro lugar.

Quizá los siguiente que escriba no venga al caso: ¿justo lo que dicta la literatura de izquierda?, el extravío; en pleno adoctrinamiento al redactor no le queda más opción que continuar. Era la primera fiesta de escritores a la que me invitaban. Era una noche con lluvia y era una amiga, compañera de un diplomado que había aceptado acompañarme. Era otro yo, uno que iba cargando los libros de un escritor al que le prometieron asistiría. A pesar de que las habitaciones de la casa estaban colmadas de gente, de que los cristales de las ventanas eran cimbrados por la música, de que las cervezas salían de una hielera con provisiones interminables, a pesar de todo eso la fiesta era aburrida, rondaba ese sopor que asiste a los cumpleaños organizadas por madre de adolescentes que festejan a sus hijos como si todavía fueran niños. Ridículamente seguía sosteniendo con una mano los libros (temía que me los robaran) y con la otra equilibraba una lata de cerveza que continuamente se derramaba; mi amiga me dirigía miradas claras: nos íbamos o se iba, le pedí diez minutos cuando se nos acercó el organizador (el primer joven narrador y editor que había conocido, quien me había invitado a la fiesta), me señaló a un tipo sentado en un sillón: «te va a caer bien, esconde los libros, no es el que prometí, vamos». Dimos los pasos suficientes, evadimos a las suficientes personas hasta estar frente a un hombre que movía insistente su cabeza de un lado a otro, tanto que parecía estuviera buscando a su esposa o a una cita por llegar, más bien a punto de entrar, ya en la puerta, pero como si no supiera cuál puerta, como si existieran dos puertas, una a la izquierda y otra a la derecha, y al no saber por cuál esperarla se justifica el vértigo para girar rabiosamente de un lado a otro la mirada. Mi amigo nos presentó sin propiciar un amistoso estrechar de manos, apenas dijo cualquier balbuceo y se fue. Busqué a mi amiga, me di cuenta de que se había quedado atornillada al piso pasos atrás; me miró con rencor. Intenté decirle una disculpa a mi «nuevo amigo», aunque no logré su atención, ahora miraba del lado izquierdo, obstinado, inclinando lo más posible su cuerpo sin dejar de estar sentado, como si de repente obedeciera a una certerísima intuición. Regresé lo pasos, dije varias veces la palabra «disculpa», prometí que me despedía y nos íbamos, mi amiga aceptó. Fuimos de vuelta con el escritor, le extendí mi mano, él reaccionó extrañado, como si no me conociera, desde su sillón me miró un segundo o menos, luego su mirada se desvió unos centímetros a mi izquierda, estoy seguro de que vi cómo su ojo se enfocó lo adecuado para ver a mi amiga, entonces el impulso de su cuerpo se hizo palabra y comenzó a hablar y hablar, y hablar. Resultó que el siguiente semestre sería nuestro profesor de Literatura Latinoamericana en el diplomado en Escritura Creativa en el que estábamos inscritos. Aquel momento tardamos setenta minutos en alejarnos de su discurso para dirigirnos a otra fiesta; de las palabras que pronunció esa noche y de las que dijo mientras fue mi maestro confío en la memoria para que me sigan acompañando. Este largo puente (espero que tanto como para justificar su nominación como literatura de izquierda), se ha ido calibrando para aterrizar en el origen de un gusto, mi gusto por ciertos autores que pertenecen a otra tradición literaria, la argentina: ese apreciado maestro pedía que desarrolláramos una capacidad para bucear entre obras y hallar las que hicieran sintonía con nuestras palabras, que exploramos las tradiciones con el rigor de quien busca las últimas posibilidades; gracias a su clase y a la formación de ese hábito llegué a Tabarovsky, y antes y después a Aira, Libertella, Fogwill, Copi, Lamborghini, Saer, y a otros narradores en los que sigo más obsesionado que entretenido; a veces pienso que si no los hubiera leído ya no escribiría. Me entusiasman las singularidades de sus prosas, el torrente de las palabras, deseo, pulsión, Tabarovsky: «La supervivencia del deseo loco de lo nuevo produce efectos de escritura —novelas y poemas reales— que ni la academia ni el mercado logran asimilar». El saber es disuelto, el sentido se suspende, la argumentación se ataca; queda entregarse al don de lo indeterminado, al don de la literatura: «literatura de izquierda», sabe que puede fracasar, está a punto de dar el mal paso, «y cuando lo logra, cuando cae, lo hace de manera estrepitosa , con gracia, garbo e ironía; hace de ese exceso su plus de energía, su desatino vital».  Los valores con los que sueña la sociedad ahora son los perseguidos por el escritor que hace de su profesión el éxito, «el ascenso, los buenos modales, la eficiencia, el efecto de corta duración, la posibilidad de que el lenguaje cumpla una función comunicativa». Tabarovsky aclara que la literatura de izquierda no es practicada por los escritores de izquierda pues «es una literatura antijerárquica, su objeto es la imposibilidad».

De entre las obras y los escritores recomendados el lugar privilegiado lo ocupa Copi, narrador, historietista, dramaturgo; el relámpago de una escritura inclasificable. Escribe Patricio Pron:

Copi produce la mejor de sus obras a partir de la consigna de que se puede crear la ilusión de que lo que se está contando es «verdadero» denunciando continuamente su carácter ficcional; es decir, que sólo se puede contar alertando permanentemente al lector de que lo que lee es falso, no una ficción sino un engaño…

Su nombre: Raúl Damonte, nacido en Buenos Aires en 1939; emigró a París donde hizo suya la lengua desarrollando un estilo recargado, excesivo, abstracto, donde la realidad se vuelve turbia; para Tabarovsky es «el escritor pesimista de la literatura argentina», lo sitúa como el único que ha intentado superar a Borges, «posborgeano», ha continuado la ficción: Borges dejó claro que la cultura occidental era un mito, un engaño, una monotonía; Copi devela en ¡La pirámide! que una vez instalados en la cultura occidental no hay regreso posible a la tradición argentina, ya no existe, tal vez nunca existió, ni siquiera su existencia es autentica. Para César Aira El baile de las locas es «la obra maestra de Copi», publicada en 1977; que trata sobre un escritor con deudas, su editor  lo persuade para que escriba una novela sobre homosexuales con la que obtendrá dinero, el escritor no acepta y entonces sucede un crimen; a partir de ahí la trama se tuerce, las voces se cruzan, el argumento comienza a dar vueltas como en un carrusel al que el freno, el alto, se le ha descompuesto y gira, gira hasta perderse: la velocidad de su prosa me cura el tartamudeo, tengo un lugar asignado en un librero para las piezas que leo cuando mi lengua se resiste a obedecerme, nada mejor para destrabarse que leer en voz alta a Copi. Cuando comencé a escribir cuentos fui a ver una de sus obras, El Refri, pura casualidad, suerte; en la pequeña, diminuta, ciudad donde nací y crecí no hubo, ni habrá nunca una librería pero de entre mis cincuenta primos tuve uno que lo iba a encarnar y que ya desde niño mostraba el descaro que las historias de Copi tienen; miento, ni si quiera era mi primo, era primo de unos primos; con el divorcio de mis padres tenía mucho tiempo que no sabía nada de esa parte de mi familia, estaba vagabundeando luego de una sesión del taller literario, caminando en las calles del centro antes de tomar el autobús cuando en las letras pequeñas de un cartel leí un nombre que me resultó familiar. Creo que esa misma noche un camión me devolvió cerca de esas calles y comencé a buscar el teatro donde la obra sería montada, todavía no lograba ubicarme en esa nueva ciudad, recuerdo el cansancio, la ansiedad que tuve de no encontrar el lugar. El único espectador de esa noche fui yo, así que no hubo retraso, mi primo estaba en una pequeña sala de espera, al verme se sorprendió pero no permitió un saludo, me pidió que entrara a la sala y él se escabulló por una puerta lateral. El refrigerador en medio, los gritos, el monólogo arranca, palabras que fueron abonando a la construcción de un personaje gay, un famoso travesti, al que su madre le manda de regalo El Refri, entonces el personaje es atravesado por otras voces, transformándose en otros, delirando, burlándose, mientras plantea suicidarse. Al final de la obra fui a felicitar a mi primo, él me contestó amable pero sin rebasar a esa familiaridad que tal vez nunca existió, quedamos de vernos en otro momento, tenía ganas de platicar con él y a lo mejor también él conmigo pero algo del exceso de Copi seguía zumbado en el aire robándonos las palabras, los días pasan y no nos hemos vuelto a ver. La literatura es un relámpago que al cambiar súbitamente de trayectoria silba: Copi, Copi, Copi.

El desarrollo de una genealogía de escritores le sirve a Tabarovsky para señalar en Efectos abstractos cómo la operación del mercado editorial y el desarrollo de la academia operan para simular que las vanguardias no existieron, publican y reseñan obras convencionales, como si la cadena lingüística no hubiera sido ya destrozada, vuelven a la literatura más conservadora, la limitadora de contexto, la que ahoga el marco de referencias. La literatura es radical cuando busca la emergencia de la singularidad: la prosa que da cuenta de la imposibilidad de la narración.

Una escritura que tiene a la vanguardia como fantasma —un ente ni vivo ni muerto, ni ausente ni presente, un gesto ni real ni imaginario— es una escritura que asume su fracaso. Que lo asume y lo radicaliza. Ese escritor está solo, lejos del pasado, fuera del presente, sin futuro. Sin público. Ya no puede aspirar a cambiar el mundo, pero el mundo tampoco es su lugar.

La literatura es un extravío. La literatura cuando es literatura se opone al consenso, al diálogo, a la argumentación.

 

Cuatro

Durante los últimos cuatro días he realizado el mismo ritual: despierto apenas he quedado dormido, no sé cuánto tiempo pasa pero creo que es de inmediato: lo hago con la velocidad de un acto reflejo, como si en lugar de aire entrara agua en mis fosas nasales y estuviera ahogándome. Respirando lento logro calmarme y entonces camino hasta el escritorio, enciendo la lámpara y comienzo a leer Una belleza vulgar; me contengo con las primeras diez y las últimas diez páginas; la novela de Tabarovsky trata de lo mismo que trata su libro de ensayos, de la puesta en práctica de Literatura de izquierda: una hoja se desprende de un árbol y es narrada en su recorrido hasta caer al suelo, durante el trayecto el sentido se suspende, la prosa se despliega. Guardo lo libros, apago la luz y regreso a la cama aunque no duermo, el insomnio se alimenta de las preguntas y esas ya casi no cesan; envidio la seguridad con que habla el narrador que nos encontramos O y yo la otra noche en el bar: sé que ninguno de los cuentos y de los arranques de novela que he intentado podrían ser literatura de izquierda; hay tiempo, hay posibilidades o será el desaliento que cubra todo de niebla. Queda levantarse de nuevo de la cama, ir a encender la computadora, abrir el procesador de textos y romper la línea de conexión, buscar el extravío. ¿Hay tiempo?, ¿habrá posibilidades?; ¿posibilidades?, ¿tiempo?

 

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Obras consultadas

Damián Tabarovsky, Literatura de izquierda, Tumbona Ediciones, México, 2011, 104 p.

Maurice Blanchot, El último hombre, Arena Libro, Madrid, 2001, 110 p.

Raúl Damonte (Copi), Obras, Anagrama, Barcelona, 2012, 275 p.

 

Publicado originalmente en Gaceta Frontal: http://gacetafrontal.com/2015/07/05/me-llamo-estilo-apuntes-sobre-damian-tabarovsky/

Escribir del miedo, signos y síntomas

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Uno

Coleccioné frascos de hormigas, las cazaba en un parque. Siguiendo una hilera me siguió un perro enfermo de rabia. Mordidas y gritos se convirtieron en veintiuna o veintidós inyecciones, tal vez veintitrés carritos de metal al salir de las consultas. Vino entonces la palabra “Muerte”, llegaba en las noches, el calor de las sábanas reconfortaba el cuerpo y a la mente la aterraba una posibilidad: dejar de ser. Un niño de once años tiene miedo de dormir porque está seguro, no va a despertar, “quien duerme ya nunca vuelve, amanece otro”.

 

Dos

El niño se quedaba quieto, los huesos le dolían de tan entumidos: en la batalla por permanecer con los párpados abiertos llegaron sombras escapando de las paredes. El canto de los pájaros era alivio; el insomnio se fragua. Lo fantasmas existen.

 

Tres

Buscar en 130 cuartillas el miedo de un niño a la muerte, recordar la primera batalla contra el olvido y quedarse con el índice suspendido antes del punto final, mirar hacia atrás, y corroborar que las sombras tienen dueño.

 

Cuatro

Temer siempre a los párpados cerrados.

(Publicado originalmente en http://ladobe.com.mx/)